A dónde vamos
- Manuel Nogueira
- 6 jul
- 6 min de lectura
Actualizado: 5 ago
Por Manuel Nogueira
Primera Edición - Agosto de 2026
Cuando me senté a escribir un artículo para esta revista, que considero una gran oportunidad, iniciativa y proyecto, tuve que hacer un ejercicio de selección y descarte. Porque hay muchos asuntos y temáticas que pueden resultar interesantes para compartir en un espacio como este. Fui recorriendo una amplia serie de hechos, a nivel nacional e internacional, tratando de encontrar alguna veta por la cual arrancar a reflexionar, donde aportar algún pensamiento, alguna conjetura, algún planteo. En ese recorrido fue que me di cuenta que más allá de la reflexión sobre hechos puntuales, me interesaba mirar el todo, un todo que no está muy claro y del que particularmente me preocupa esa cuestión que planteo en el título: ¿a dónde vamos?
A dónde va el mundo
Con la caída del muro de Berlín, el mundo había dejado atrás el esquema bipolar que lo tipificó durante toda la Guerra Fría. Al triunfar el bloque occidental liderado por Estados Unidos, comenzó una era de relativa unipolaridad, bajo el gran manto de la Globalización, fundada en las políticas de liberalización y ajuste del denominado “Consenso de Washington”. La arquitectura del nuevo orden mundial se dio a través de las instituciones de Bretton Woods: el FMI como rector del sistema financiero internacional, el Banco Mundial como principal entidad de financiación y la OMC (ex GATT) como gran paraguas de las políticas comerciales internacionales. Esa etapa de la globalización, que tendió ineludiblemente a la uniformización de la economía, la política y la cultura, también significó el auge de los TLC, de los bloques internacionales como el MERCOSUR, la Unión Europea y el NAFTA. Un sistema internacional que apostó fuertemente al multilateralismo y al Derecho Internacional como rector de las relaciones internacionales.
Ese modelo universalista está llegando a su fin. La globalización de la que hablamos se encamina a su desaparición, y se ha manifestado a través de una innumerable serie de hechos relevantes: el Brexit, la salida de Estados Unidos del Tratado del Pacífico, el reemplazo del NAFTA, la invasión rusa a Ucrania, y, a nivel regional, los sucesivos intentos de “flexibilización” y reforma del MERCOSUR, entre otros tantos que estoy omitiendo. Al esquema de cooperación precedente, se impone en la actualidad una dinámica especialmente confrontativa, iniciada quizás con la política de America First impulsada por Donald Trump en su primera presidencia, y acelerada por la intensificación de la política de reducción de dependencia energética del país norteamericano, que fuera iniciada por Bush. Estados Unidos se enfrenta económicamente a China y a la Unión Europea, y geopolíticamente a Rusia. En ese marco, observamos en el último tiempo, diversos intentos de la UE de recuperar un lugar de protagonismo a nivel internacional, o de fortalecer sus posiciones económicas y estratégicas, que se cristaliza sin dudas en la concreción del Acuerdo MERCOSUR - UE tras treinta años de negociaciones.
A dónde va América
Desde las épocas del Reino de Indias, el continente americano en su conjunto ha sido un actor de valor estratégico pero con una actuación muy secundaria en el plano internacional. El concepto manejado por Felipe Herrera, de América Latina como una “gran nación deshecha”, es sumamente acertado. Así como otros grandes bloques continentales lograron su cohesión y fusión (tal es el caso de Estados Unidos o de la Unión Europea), el nuestro ha mantenido su carácter disperso e incoherente. Parece ilógico que, gruesamente hablando, compartiendo las mismas raíces culturales (la hispanidad), las mismas dolencias estructurales, las mismas presiones externas y los mismos problemas sociales y económicos, aún no se haya producido un verdadero movimiento integrador que proyecte la voz americana en el concierto mundial. Aquella frase de “Unión americana para ser actores y no coro de la historia”, ha sido desoída por todos los Estados del continente. Sin dudas nos hemos reducido a ser coro de una historia que otros han escrito.
Es un continente donde conviven dos grandes potencias con posibilidad de liderazgo, México y Brasil, pero que no han logrado sostener proyectos políticos de largo plazo a nivel regional. Más bien, la rivalidad entre actores potentes ha sido la gran piedra con la que hemos tropezado cada vez que se procuró una verdadera integración americana. A nivel regional, en otra escala, es evidente. El MERCOSUR sigue siendo rehén de los vaivenes de la rivalidad argentino-brasileña, y si bien constituye un activo fundamental para nuestro país en materia de oportunidades y proyección internacional, muchas veces termina operando en contra de los intereses de nuestra política exterior y comercial. No dudo que estamos en la época de los Estados continentales, que nuestro país individualmente tiene nulas chances de incidir en ningún ámbito y que el MERCOSUR es infinitamente perfectible pero también infinitamente defendible.
América Latina tiene la difícil tarea de definir su posición en el panorama actual, donde se observa una incremental dependencia económica-comercial de "socios" como China, Estados Unidos o la Unión Europea, en un marco de competencia a todo nivel entre las grandes potencias del globo. La mejor política internacional es la que reduce dependencias, la que amplía el denominado “espacio de política exterior”. Y es obvio que el primer paso para hacerlo es llegar a mínimos puntos de consenso entre los Estados latinoamericanos. En primer lugar, habría que definir si queremos ser actores o coro de la historia. Y para ser actores, no encuentro otro camino más que el de volver a las raíces.
Para nuestro caso particular, sería, en vez de vivir mirando hacia el Océano Atlántico, volver la vista hacia las Misiones, hacia lo profundo de América, con énfasis artiguista. Hay que preguntarse sobre los sentidos de las tradiciones, de la memoria, e identificar por qué hay una campaña tan activa de algunos sectores por borrar el recuerdo de nuestro pasado, de nuestras raíces. Y también por qué algunos han instalado “leyendas negras”, relatos ficticios y han demonizado a algunos actores históricos. Sin dudas América no puede elegir bando, debe transitar un tercer camino para resolver sus propias necesidades, sus propios conflictos y proyectar su propio modelo de desarrollo.
A dónde va la humanidad
El principal problema que vivimos es la fractura social, la notoria falta de fraternidad. Sin perjuicio de los notorios avances tecnológicos que podrían denotar una humanidad avanzada y consolidada, hay algo que se está rompiendo. Esa falta de fraternidad se manifiesta en un mundo sin conciencia, sin un proyecto común, sin dignidad, con una marcada cultura del descarte y la marginación, donde la individualidad humana ha quedado relegada por la maquinaria del consumo, el algoritmo, la industria del marketing y del culto a la productividad. La globalización, que está en decadencia, impone una uniformidad que nos acerca virtualmente pero nos separa humanamente. Como bien acotaba el Papa Francisco en la encíclica Fratelli Tutti, la idea de abrirse al mundo es una expresión cooptada por la economía y las finanzas, y por más conectados que estemos, “estamos más solos que nunca en este mundo masificado que hace prevalecer los intereses individuales y debilita la dimensión comunitaria de la existencia”.
No hay un proyecto para todos. Como bien señalaba Aristóteles, la oligarquía -el gobierno de unos pocos que ostentan un inmenso poder- es la degeneración de la aristocracia, aquel modelo en que sí existía una “casta” gobernante, pero que lo hacía en función de su capacidad y aún tenía cierta perspectiva de bien común. Es preferible la peor de las aristocracias a la mejor de las oligarquías. Hoy vivimos los coletazos de un mundo que ha hecho esa triste transición, sin fraternidad, desalmado, sin un proyecto común orientado en base a principios y valores. La destrucción de la casa común, el desplazamiento de los migrantes, las crisis económicas y la incremental marginalidad y violencia en nuestras sociedades, son síntomas de una dolencia mucho más profunda.
Y en la vida cotidiana, eso está latente. Los problemas de salud mental, la ansiedad de no poder encajar con un modelo hiper productivo, la falta de afectos, el aislamiento, y ainda mais. Hace un tiempo leía un artículo fantástico, donde se decía que comiendo legumbres en su casa nadie hizo nada bueno por los demás. ¿Cuál es el propósito de nuestra vida? ¿vale tanto la pena vivir mirándonos al espejo, con miedo de hacer, para no perder? ¿o valdrá la pena arriesgarse a perder, sacrificar lo propio en pos de algo más? ¿de qué? ¿vale la pena perder mi tiempo por el otro? ¿qué le debo a los demás? Para mí, todo. Pero no estoy muy acostumbrado a tener razón.
Y en otra entrega podremos discutir para dónde va Uruguay. Qué tema.
Comentarios