Nacer pobre en Uruguay
- Valentina Villalba
- 30 jul
- 4 min de lectura
Por Valentina Villalba
Primera Edición - Agosto de 2026
Uruguay suele conocerse como un país de bienestar, con estabilidad democrática e instituciones sólidas. La imagen que se construye es la de una sociedad con niveles relativamente bajos de desigualdad en comparación con la región, una matriz de protección social consolidada y una larga tradición de políticas públicas orientadas a sostener a los sectores más vulnerables. Sin embargo, detrás de ese relato persiste una realidad incómoda: la pobreza no afecta a toda la población por igual, sino que golpea de forma desproporcionada a quienes recién están comenzando la vida.
Los datos disponibles muestran un patrón que se repite año tras año y que constituye, probablemente, uno de los principales desafíos estructurales del país: la infantilización de la pobreza. Según información de la Encuesta Continua de Hogares (ECH) de 2025, la incidencia de la pobreza varía de forma drástica según la edad de las personas.
En el tramo de 0 a 5 años, alrededor del 29% de los niños se encuentra bajo la línea de pobreza. Entre los 6 y los 12 años, la proporción alcanza el 27%, y entre los 13 y 17 años se ubica en 26,5%. En contraste, entre las personas de 18 a 64 años la cifra cae al 15%, mientras que entre los mayores de 65 años se reduce a apenas un 6%.
Los números dibujan un patrón tan claro como incómodo: la pobreza tiene hoy en Uruguay una marcada cara infantil. Pero el fenómeno no se limita únicamente a una cuestión de ingresos monetarios. De acuerdo con datos de UNICEF, uno de cada dos niños en Uruguay vive con alguna privación vinculada a la vivienda o a servicios básicos. Esto significa que la pobreza infantil no es solo una cifra, sino una experiencia cotidiana que se traduce en condiciones de hacinamiento, dificultades de acceso al agua potable, saneamiento, calefacción o un entorno habitacional digno.
Estas privaciones no son hechos aislados: se combinan, se refuerzan entre sí y configuran trayectorias de vida marcadas desde el inicio. Un niño que crece en un hogar bajo la línea de pobreza y que, además, enfrenta carencias habitacionales, no solo tiene menos recursos económicos: tiene menos condiciones materiales para desarrollarse, estudiar, jugar y proyectarse.
Otro indicador que permite visibilizar esta problemática es el trabajo infantil. A nivel nacional, la tasa se ubica en 6,8%, lo que equivale a unas 40.200 niñas, niños y adolescentes de entre 5 y 17 años. La distribución territorial muestra, además, una brecha significativa: en el interior del país la incidencia alcanza el 7,7%, mientras que en Montevideo se sitúa en el 5,2%.
Según los datos relevados, el trabajo infantil aumenta de manera sostenida con la edad: en el tramo de 5 a 8 años la tasa es del 2%, entre los 9 y 14 años asciende al 7,6%, y entre los 15 y 17 años alcanza el 10,6%.
Cuando observamos su distribución según nivel socioeconómico, el fenómeno se vuelve aún más elocuente: un 7,9% de los casos se concentra en los hogares de nivel socioeconómico bajo. Esto sugiere que, el trabajo infantil aparece muchas veces como una estrategia de supervivencia económica. Allí donde los ingresos familiares no alcanzan, niñas, niños y adolescentes terminan incorporándose tempranamente a actividades productivas o tareas de cuidado y sostenimiento del hogar, sacrificando tiempo de estudio, descanso y recreación.
Lo que estos datos revelan es una desigualdad que no es solo social, sino también generacional. Mientras las personas mayores de 65 años presentan los niveles más
bajos de pobreza, los niños y adolescentes, que dependen de los recursos del hogar en el que nacen, son quienes enfrentan el panorama más adverso.
Esta asimetría plantea una pregunta de fondo sobre el tipo de sociedad que se está construyendo: ¿qué significa, en términos de futuro colectivo, que la etapa de la vida más determinante para el desarrollo humano sea, al mismo tiempo, la más golpeada por la pobreza?
La infantilización de la pobreza en Uruguay es un fenómeno estructural, sostenido en el tiempo y con consecuencias que se proyectan mucho más allá de la infancia: condicionan trayectorias educativas, laborales y de salud durante toda la vida adulta.
Los niños que crecen en hogares pobres tienen mayores probabilidades de acceder a una educación de menor calidad, abandonar sus estudios antes de tiempo, insertarse en el mercado laboral en condiciones más precarias y eventualmente, reproducir en su vida adulta las mismas condiciones de vulnerabilidad que atravesaron durante su infancia. La pobreza, así, no es solamente un estado: también es una herencia.
En este sentido, se requiere una agenda de Estado que priorice a la infancia y la adolescencia, con un abordaje integral de la problemática que supere la fragmentación institucional y construya respuestas que comprendan la complejidad del fenómeno. No alcanza con políticas públicas aisladas.
Uruguay no puede seguir postergando esta discusión. Construir un país más justo implica, necesariamente, garantizar que quienes nacen tengan derecho a una vivienda digna, educación de calidad y seguridad alimentaria. La infancia no puede seguir siendo la etapa más vulnerable de la sociedad uruguaya.
Comentarios