Demasiado importante para los economistas
- Javier Franco
- 6 jul
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Actualizado: 30 jul
Por Javier Franco
Primera Edición - Agosto de 2026
Si usted espera un relevamiento coyuntural, una discusión teórica, o un análisis econométrico le informo que este no es el caso.
En el actual entorno global de crecientes tensiones y complejización parecería que la mayoría de la población general ha dejado de escuchar a los economistas sobre economía. Lo dicen, con cierta ironía, dos economistas: los premios Nobel Abhijit Banerjee y Esther Duflo. Good Economics for Hard Times, su libro de 2019, pone bajo la lupa la veracidad de ideas simplistas de la economía. Argumentan que muchos debates actuales, como migración, globalización, desigualdad o cambio climático, están llenos de prejuicios y suposiciones erróneas, y que gran parte de la pérdida de confianza se debe a que hay mucha mala economía en la vuelta. Paralelamente, proponen que la economía bien aplicada, con datos y sin prejuicios, puede ofrecer soluciones más efectivas a problemas complejos que las respuestas simplistas (1).
Bueno pero ¿qué es esta “mala economía”? Aparece en televisión con traje, corbata y tono autoritario, y quienes la encarnan no siempre pertenecen a la academia, y son difíciles de distinguir de los que sí. Estos últimos, sin embargo, no siempre se toman el tiempo de explayar el razonamiento detrás de sus conclusiones debido a restricciones de tiempo o el miedo de ser sacado de contexto. Hay quienes sí se pronuncian pero, con algunas excepciones, suelen ser los de opiniones más fuertes y menor paciencia para dialogar con los mejores trabajos de la economía moderna. La mejor economía suele ser la menos estridente: la del economista como plomero, que asesora políticas públicas resolviendo problemas con una mezcla de intuición, ciencia, experiencia y prueba y error, apoyado en su formación sobre comportamiento, incentivos, organismos estatales y mercados. Irónicamente, Make Economics Great Again (MEGA) lo llaman ellos.
No pienso abarcar todos los temas del texto, la gente tiene cosas que hacer. Sí pienso hacer una selección arbitraria, selectiva y rotundamente sesgada de los temas a tratar, y en primer lugar: la migración. Se parte de la idea de que la magnitud de la migración internacional es mucho menor de lo que se cree. Apenas alrededor del 3% de la población mundial vive en un país distinto al de su nacimiento, y sin embargo la atención que se le dedica en la esfera política y mediática es completamente desproporcionada, existiendo una brecha muy marcada entre percepciones y realidad. Los ciudadanos suelen sobrestimar tanto el número de inmigrantes como los efectos negativos que estos tendrían sobre el empleo, los salarios y el acceso a servicios públicos. La evidencia empírica muestra lo contrario: las grandes olas migratorias del último siglo apenas tuvieron efectos adversos sobre los salarios o el empleo de los trabajadores locales.
En muchos casos, los recién llegados complementaron las habilidades de la fuerza laboral existente, generando aumentos de productividad y, a la larga, impulsando la economía en lugar de dañarla. Esto no niega que existan costos (presión sobre vivienda o servicios en comunidades que reciben llegadas repentinas), pero tienden a ser mucho menores de lo que sugiere la retórica política. Los inmigrantes trabajan, consumen, pagan impuestos y contribuyen a financiar los mismos servicios que utilizan. Su presencia, en la mayoría de los escenarios analizados, resulta un aporte neto para el conjunto de la sociedad. La resistencia a la migración responde principalmente a factores identitarios, la sensación de amenaza frente a la diferencia: costumbres distintas, idiomas distintos, religiones distintas. Estas ansiedades, alimentadas por discursos nacionalistas, suelen pesar mucho más que cualquier evidencia objetiva sobre salarios, productividad o recaudación impositiva.
Banerjee y Duflo también cuestionan la visión clásica del “homo economicus”, el ser humano que decide siempre de forma racional y calculada. La evidencia de la economía del comportamiento muestra que las decisiones están moldeadas por sesgos, limitaciones cognitivas y contextos sociales. La pobreza, en particular, consume energía mental y restringe la capacidad de elegir bien, lo que explica conductas que suelen interpretarse como “irracionales” (2). Dirigen la atención a cómo la pobreza afecta la capacidad de elegir y limita la posibilidad de sostener los deseos que dan sentido a nuestras vidas. Esto obliga a diseñar políticas públicas que partan de cómo la gente realmente decide, una visión más internalista que considere identidades personales y sociales, y no de un modelo abstracto.
Sobre esto último, se discuten las políticas sociales y las transferencias de dinero, la idea de que dar plata genera pereza. La evidencia indica que las transferencias, condicionadas o no, mejoran la educación, la salud y el consumo sin desincentivar el trabajo. Además, devuelven autonomía y dignidad a los beneficiarios. Se analiza la propuesta de una renta básica universal, reconociendo su potencial y sus dilemas fiscales. El mensaje es que los programas sociales deben juzgarse por su eficacia y no por prejuicios morales sobre los pobres. Y en esto se discute también la confianza en el Estado, su legitimidad. Las políticas públicas fracasan cuando no son percibidas como legítimas, sin importar su solidez técnica. La corrupción, la opacidad y la distancia con los ciudadanos erosionan la credibilidad institucional. Los autores muestran que programas sociales idénticos pueden funcionar en un país y fracasar en otro, según la capacidad del gobierno de generar confianza. La legitimidad, sostienen, se construye a través de transparencia, participación y un trato respetuoso hacia los beneficiarios, no mediante decretos.
En resumen, salpicón de temas, experiencias y anécdotas, evidencia y ejemplos, apelando en contra de ideas reduccionistas. Estas, en muchos casos, se originan en quienes desestiman ciertas propuestas tildándolas de utópicas y abogan por alternativas que no se ajustan ni a la realidad ni a la historia. Banerjee y Duflo buscan reinstalar una conversación pública basada en evidencia y alejada de dogmatismos, un avance fundamental en tiempos de polarización. Soy consciente, además, de haber escrito todo esto con el mismo tono autoritario que critiqué al inicio, razón de más para no creerme demasiado. El llamado, sin embargo, no es a escuchar más a los economistas, sino a apropiarnos del debate: “la economía es demasiado importante como para dejarla en manos de los economistas”(3).
1. “No hay leyes de hierro en la economía que nos detengan de construir un mundo más humano, pero existen muchas personas cuya fe ciega, interés propio, o simple falta de entendimiento de la economía les hace declarar que este es el caso.''. Traducción propia, p.265.
2. “Le podemos gritar los hechos para asegurarnos que la gente tenga la información correcta, pero solo ellos van a decidir que les gusta.” Traducción propia, p.110.
3. Traducción propia, p. 307.
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