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Un mundial de cartón

  • Agustín Morales
  • 6 jul
  • 4 min de lectura

Actualizado: 30 jul

Por Agustín Morales

Primera Edición - Agosto de 2026


Durante este mes viviremos una nueva edición del Mundial de Fútbol. Este es, sin duda, uno de los pocos eventos en el mundo que logra unir naciones enteras a través de una misma pasión. Pero, ¿qué sucede cuando esa pasión se ve corrompida por un entorno internacional, como poco, convulso? ¿Qué sucede cuando uno de sus anfitriones es de los principales culpables de dicha situación?


Los uruguayos no somos ajenos a las prácticas que envuelven a la organización de este torneo y a su principal promotor: la FIFA. Pero esto sobrepasa los repetidos desencuentros deportivos y extradeportivos que nuestro país ha tenido a lo largo de su historia. Este año, Estados Unidos, México y Canadá no solo reciben las esperanzas de miles de aficionados que ansían ver el éxito de sus selecciones, sino que utilizan este evento para barrer bajo la alfombra sus carencias internas.

No es novedad que el deporte y este tipo de eventos se presten a lo que, en la jerga anglosajona, se conoce como sportswashing, o llevado a nuestra lengua, «lavado deportivo».


Esta práctica es utilizada por países cuyos gobiernos carecen de legitimidad global, recurriendo a la compra de competiciones, equipos y publicidad en masa para mostrar una imagen que oculte su verdadera cara. Desde la edición de 1934 en la Italia fascista, pasando por el auspicio de la dictadura argentina en 1978, hasta los mundiales de Rusia en 2018 y de Catar en 2022, el fútbol ha servido a este propósito en diversas ocasiones.


La novedad es que, esta vez, los esfuerzos son tan incesantes como burdos. Esto se demuestra a través de un forzado «Premio FIFA de la Paz», otorgado al megalómano Donald Trump durante la ceremonia de sorteo, o los muros de publicidad que cubren la pobreza en algunas de las llamadas colonias cercanas a los estadios en México. El primero transita un conflicto abierto con uno de los participantes, impulsa políticas imperialistas contra otros tantos —incluyendo a sus coanfitriones— y encarcela inmigrantes desenfrenadamente. El segundo lleva años en constante lucha contra el narcotráfico y la corrupción en diversos puntos de su territorio, dejando miles de muertos, desaparecidos y afectados de múltiples formas por el camino. Entonces, surge la pregunta: ¿sigue siendo el Mundial una gran fiesta popular o se ha convertido en otro capricho de políticos y magnates para medir y ampliar su poder? La balanza parece inclinarse hacia esto último.


Solo en las semanas previas, hemos visto equipos que han tenido que cambiar a último momento su lugar de estadía por las complicaciones en su llegada, como en el caso de Irán; otros que han sido interrogados y revisados de pies a cabeza como si de criminales se tratara, como en el caso de Uzbekistán o Irak; e incluso árbitros que han visto su entrada denegada para ejercer su trabajo, como le sucedió a Omar Abdulkadir Artan de Somalia, país al que Estados Unidos tiene prohibida la entrada de sus ciudadanos por razones de seguridad (1).


Si todo esto sucede en torno a los protagonistas del juego, ¿qué podría sucederle a un hincha que no cuenta con protección alguna? Los riesgos son innumerables. Por suerte, la gran mayoría de nosotros no debemos preocuparnos por esto. No es solo la falta de seguridad la que aleja al pueblo del fútbol a la fuerza, sino las diversas trabas económicas impuestas por la organización. Si el objetivo es ver la fase de grupos de la Selección Uruguaya, los paquetes de viaje más baratos rondan los 6000 dólares estadounidenses, con la odisea del visado de por medio. Si uno ya se encuentra en el lugar, la entrada más accesible se consigue a unos 200 dólares. Las opciones más económicas son para residentes de Nueva York, que gracias a los esfuerzos del alcalde autodenominado socialista, Zohran Mamdani, podrán acceder a unas escasas mil entradas desde 50 dólares (2).


Para sorpresa de nadie, no solo en las entradas se ve está fijación por arrancar de las manos de los asistentes hasta el último billete. Por ejemplo, la FIFA ha tenido que desistir, por presiones externas —entre ellos nuevamente Mamdani—, en una de sus medidas más cuestionadas: la prohibición de ingresar a los estadios con botellas de agua, en un Mundial que se espera que sea uno de los más calurosos de la historia (3).


Lamentablemente, con el paso del tiempo se le ha expropiado el deporte a su verdadero dueño: la gente, convirtiéndolo en otra pieza del ajedrez geopolítico contemporáneo. Será un espectáculo pensado por la FIFA para las pantallas, los algoritmos y sus bolsillos, y no para servir al objetivo de generar una comunidad global que dicen perseguir. Sin hinchas reales en los estadios, sino con tribunas VIP repletas de empresarios y celebridades en busca de las cámaras. Lo que vamos a ver realmente es un intento desesperado por demostrar la supuesta perfección de un modelo que viola los derechos humanos, el derecho internacional y su propio derecho interno; un plan diseñado para disfrazar y banalizar el sufrimiento de miles de personas a base de un entretenimiento barato que, por desgracia, todos vamos a comprar.


A pesar del arraigo futbolístico que tiene nuestra historia, del ambiente que se genera en cada rincón del país cada cuatro años, resulta difícil disfrutar de este evento conociendo los hechos que pueden estar ocurriendo a solo algunos metros de las canchas. Resulta difícil hinchar por un equipo que participa de un teatro moldeado por y para las élites. Quizás algún día el juego vuelva a ser de las mayorías. Por el momento, son unos pocos los que se regocijan al beneficiarse de lo que alguna vez nació como cultura popular.



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